Sobre las Enfermedades

¡Hola! Soy tu síntoma.

Me pones muchos nombres: dolor de rodilla, acné, dolor de estómago, reumatismo, asma, gripe, lumbago, ciática, cáncer, depresión, epicondilitis, migraña, dolor de garganta, insuficiencia renal, diabetes, hemorroides, depresión, ansiedad, infarto…

No me comprendes y me rechazas, porque no sabes la verdadera información que traigo para ti. Piensas que quiero fastidiarte, echar a perder tus planes de vida, hacerte daño o limitarte. ¡No! Sólo intento darte un mensaje. Pero para darte el mensaje no puedo ser suave y amistoso, porque entonces no me tendrías en cuenta.

Soy como un niño de tres años en un ruidoso y multicolor parque de atracciones. Mientras tú hablas con tus amigos, yo permanezco cogido a tu mano, llego hasta poco más arriba de la altura de tu rodilla, y tengo sed, hambre y necesito ir al lavabo. Tiro de tu brazo con mi pequeña mano, pero mi estímulo es leve en comparación con los estímulos que te rodean, y no me sientes, ni me oyes.

 

Gimoteo, incluso lloro alguna lágrima, pero mi presencia permanece invisible para ti. Solamente cuando logro incomodarte con llantos más fuertes y movimientos físicos más amplios, te das cuenta que algo ocurre, que algo quiero. Sólo entonces pareces mostrar interés por mi, pero incluso entonces me sueltas un incómodo ¡cállate!.

Ya no puedo más, pataleo y rompo a llorar desconsoladamente, duelo más y te molesto más. En ese momento y desde tu incomodidad comienzas a hacerme caso.

Pero lejos de aceptarme y descifrar lo que quiero decirte, me crees tu enemigo y hablas a todo el mundo quejándote de mí, de mi presencia en tu cuerpo, de cómo pierdes calidad de vida.

Sólo te escucho decirme: “Cállate”, “vete”, “te odio”, “maldita la hora en que apareciste”, y frases que te incapacitan para poder comprender. En lugar de prestar atención al significado, gastas dinero en medicamentos que en el mejor de los casos alcanzarán sólo a callarme, mientras intoxicas tu hígado, tus riñones y tu sangre, y desoyes cobarde el mensaje desde tu corazón.

La enfermedad, “eres tú”, “es tu estilo de vida”, “tus emociones contenidas”, eso es la enfermedad.

¿Qué haces tú?

Combates la enfermedad yendo contra ella como si fueran molestos mosquitos, en lugar de ir contra el agua estancada que es la que los cría.  Me mandas dormir con medicinas. Me callas con tranquilizantes, me suplicas desaparecer con antiinflamatorios, me quieres borrar con quimioterapias. Intentas día tras día, taparme, sellarme, callarme.

A veces, hasta prefieres consultar brujas y adivinos para que de forma “mágica” me vaya de tu cuerpo. Incluso formas grupos de gente con tu mismo síntoma para gritar unidos identificados en el malestar común un “pobre de mi”. Únete a un grupo, sí, pero no para lamentos mutuos, sino para investigaciones mutuas que os den la información para que yo pueda irme.

Imagínate que soy una alarma en el Titanic, intentando decirte que de frente hay un iceberg con el que vas  a chocar y hundirte. Sueno por horas, por días, por semanas, meses y años, intentando salvar tu vida, mientras te quejas porque no te dejo dormir, caminar, trabajar, pero sigues sin escucharme…

¿Así te comportas cuando se enciende en el salpicadero de tu coche la luz roja que indica que el líquido de frenos está bajo mínimos? ¿arrancas la luz de aviso, el síntoma? No, amas tu coche más que a ti mismo, porque le escuchas, te gusta cuidarlo, te interesa cuidarlo porque de otro modo, la avería será más cara y peligrosa. Y no eres consciente que yo, el síntoma, solo vengo para avisarte como esa luz roja, y que si no me escuchas y rectificas tu modelo de vida, el precio que terminarás pagando será el más elevado que jamás deberás pagar: tu propia felicidad, y a veces, tu propia vida.

¿Por qué arrancar la luz roja que indica una debilidad y un error en tu vida? Es imposible sellarme, ignorarme, tu incoherencia te debilita y te llena de fisuras, y si hoy tapas una, dentro de poco tiempo debido a otra debilidad saldrá otra grieta, más grave, más molesta, más peligrosa.

Pero hay una buena noticia: depende solo de ti no necesitarme más.

Cuando “el síntoma” aparece en tu vida es para avisarte que hay una emoción contenida dentro de tu cuerpo que debe ser analizada, expresada y resuelta para no enfermarte. Entonces el síntoma se irá para siempre de ti.

Empieza a preguntarte:

  • ¿Por qué aparece este síntoma en mi vida justamente ahora?
  • ¿Qué me quiere decir?
  • ¿Qué estoy haciendo mal y qué debo cambiar en mí para que mi cuerpo no necesite de este síntoma?

Realiza este trabajo de investigación con tu mente, con tu corazón y con tus emociones. Con la práctica descubrirás, que cuanto mejor investigador seas, menos veces vendré a visitarte. Y te aseguro que llegará el día en que no me vuelvas a ver ni a sentir y aprenderás a dejar de comprar medicinas.

Te invito a que dejes de hablar de mi con tus amigos y familia de este modo:

“Sigo con mi diabetes, ya sabes que soy diabético”.

“Ya no aguanto el dolor en mis rodillas, ya no puedo caminar”.

“Siempre acompañado de mis migrañas”.

Y en su lugar hables así:

“Comprendí el significado que la diabetes traía para mi, ya me he abierto a lo dulce de la vida”.

“He aprendido a ser más flexible gracias a mis dolores de rodillas”.

“Ya sé como fluir con la vida y gracias a ello padezco menos migrañas”.

Llegará un día en el que el médico sea un especialista del alma y que en lugar de tapar nuestras quejas con químicos, nos enseñe que cada vez que hablamos de un síntoma de manera molesta, sea como si estuviésemos diciendo:

“¡Mirad que débil soy, no soy capaz de enfrentarme y analizar ni comprender mi propio cuerpo y mis propias emociones, no vivo en coherencia conmigo mismo, mirad la debilidad en mi!”

 Tal vez entonces empecemos a avergonzarnos de cómo tratamos a nuestro cuerpo y seamos capaces de enfrentarnos a nuestros miedos y errores. Tal vez entonces seamos capaces de sacar nuestro guerrero interior para encontrar nuestra coherencia y alcanzar el estado de bienestar que nos corresponde por derecho propio a los seres humanos.

 Atte.: el síntoma.

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